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RESPUESTA A LA CONSULTA

¿Cuáles son las funciones del entrenador?

La principal misión del entrenador es enseñar. Para poder enseñar, el entrenador tiene que tener conocimientos y saberlos transmitir. Tiene la obligación de estar al corriente del baloncesto moderno y enseñarlo, actualizándose por medio de contactos, libros, revistas, internet, clinics y en general por todas las maneras posibles. El conocimiento del medio será básico para desarrollar la labor de entrenador. “No se puede enseñar lo que no se sabe”.

Las funciones del entrenador van más allá de lo técnico; debe combinar los objetivos educativos y los de enseñanza sobre todo cuando se refiere a la iniciación deportiva en la que la personalidad de los adolescentes está sin formar.

Los términos profesor-entrenador son sinónimos. Es en las primeras etapas de la formación cuando se hace más clara esta idea de doble vertiente, donde el entrenador es más un profesor que un entrenador, ya que debe de enseñar a los jugadores a iniciarse en el conocimiento del juego, sus reglas y normas de comportamiento. Es un educador y debe estudiar y asimilar las leyes del aprendizaje y de la enseñanza. 

Como profesor, el entrenador debe poseer habilidades pedagógicas para poder afrontar el proceso de aprendizaje. Tiene que ser didáctico, directo y claro, y tener el crédito y el respeto de sus  alumnos.

Como entrenador las dificultades en el dominio técnico, espacial y de las situaciones de juego de las diferentes fases de este deporte le obliga a tener mucho cuidado en el proceso de la enseñanza y la asimilación de los primeros conceptos del baloncesto, con entrenamientos dinámicos y alegres, donde el joven jugador no se aburra y mejore de forma constante.

Función educadora.

El entrenador de base debe educar, es decir, desarrollar todas las disposiciones de los jugadores, disciplinar la voluntad, moralizar su conducta, sugerirles ideales. En una palabra, formar su carácter. Los deportes bien dirigidos contribuyen al desarrollo educacional y social de los individuos tanto o más que cualquier otra actividad.

Probablemente, lo más valioso para el entrenador es la influencia que puede ejercer sobre el espíritu deportivo. Puede ser un ejemplo para todos por su cortesía y comportamiento. El ejemplo es la iniciación al hábito y según sea aquél será éste. El entrenador que es admirado y querido por su saber y autoridad moral, es ideal constante al que se copiará hasta en los mínimos detalles.

Por ello, además de competencia en la materia, debe reunir unas condiciones humanas que le facilitarán sobremanera su labor. Los jugadores aprecian el control emocional del entrenador y si éste amenaza, golpea o menosprecia, termina perdiendo el respeto de aquellos.

En las relaciones que unen al entrenador con los jugadores es donde descansa la verdadera oportunidad para el desarrollo de las virtudes, ya que toda actividad debe estar orientada hacia la elevación moral del individuo.

Sabiendo la influencia que los entrenadores de equipos en formación ejercen sobre los jóvenes, tiene la obligación de transmitir valores, de educar a sus jugadores tanto deportiva como socialmente, de formarles como deportistas y como personas, dejando en sus jugadores un sello positivo en  la educación.

Valores deportivos como:

  • Esfuerzo. Las mejoras solo serán posibles a través del esfuerzo y la dedicación. En igualdad de aptitudes llegará más lejos el jugador que ponga mayor afán en sobresalir. 
  • Sacrificio. Compaginar los estudios y el deporte es posible. El sacrificio que comporta será cada vez mayor, pero a su vez revierte en la satisfacción de ver alcanzados los objetivos personales.
  • Afán de superación. La mejora se produce en el día a día. Los jugadores deben superarse cada día, marcándose metas cada vez un poco más altas.
  • Ilusión. La ilusión está directamente condicionada por el entorno y la labor del entrenador. El entrenador debe mantener la ilusión de los jugadores haciéndoles ver los progresos experimentados, que se puede mejorar y que hay objetivos y motivos para seguir trabajando.
  • Tolerancia. El éxito de un grupo radica en la capacidad de tolerancia y de respeto de sus componentes.  Determinará el nivel cohesión y el rendimiento del equipo.

Función técnica.

El entrenador hará más eficaz su función cuanto mayor conocimiento y experiencia tenga. Debe conocer muy bien el baloncesto, su riqueza de situaciones, de las alternativas en la utilización de una técnica determinada, de los planteamientos tácticos, etc.

Debe ser consciente que los primeros hábitos motores que adquiere el jugador condicionan su aprendizaje posterior. Por esto el entrenador debe conocer todos los recursos técnicos y tácticos del baloncesto y no limitarse a gestos estereotipados; este conocimiento requiere, evidentemente, una investigación constante de la evolución del juego.

El entrenador tiene que transmitir los conocimientos de tal manera que puedan ser asimilados fácilmente. El perfeccionamiento de la técnica solamente se afianza transfiriendo lo aprendido con ejercicios prácticos.

Pero la técnica no es algo rígido e inmutable, sino que tiene que ser incorporada por el propio jugador. Por esto debe dejar un cierto margen para la utilización personal de una técnica determinada, que es la que a la larga desembocará en el estilo del jugador. No se puede despojar a la acción deportiva de toda subjetividad y pensar que todo lo podemos regular desde el exterior o aplicando el modelo técnicamente perfecto. El mejor jugador no es sólo el que ha adquirido muchos automatismos, sino el que es capaz de aportar algo original.

La iniciación deportiva es sobre todo un proceso de educación deportiva. Y con ello no nos referimos sólo al valor educativo del deporte: autocontrol, cooperación, solidaridad, respecto a las reglas, etc. sino al desarrollo de la  capacidad atlética apta para la actividad deportiva, tanto física como psíquica.

Entre las funciones propias de todo entrenador: orientación, corrección, motivación, etc. hay una indispensable para el futuro deportista: se trata de la “función de ayuda” dirigida básicamente a aumentar el nivel de autoconfianza del jugador para desarrollar en él un “pensamiento positivo”.

El entrenador debe prestar una función de ayuda cuando el equipo entra en el sistema competitivo. Hay que tener en cuenta que la práctica de un deporte es algo más complejo que dedicarse a un juego reglado, y no siempre el adolescente está en condiciones de asumir esa complejidad; a veces asume algunos elementos y otros no. La riqueza y la complejidad de la práctica deportiva es también fuente de ambigüedad para el joven y puede explicar muchos de los abandonos.

Algunos estudios relacionados con el abandono de la práctica deportiva antes del final de la adolescencia señalan razones relacionadas con la estructura deportiva (demasiado serios los entrenamientos, el lugar preponderante de la competición y el rendimiento, relaciones conflictivas con el entrenador, etc.)

Función organizativa.

Además de las dos funciones básicas anteriores, el entrenador debe tener capacidad para organizar y programar no sólo todo el ciclo o año deportivo sino también todas las sesiones de entrenamiento. Los entrenamientos diarios son consecuencia de una planificación general (de la temporada) y de las partes (mensual y semanal) (Ver en "Apuntes de Baloncesto" el libro: Baloncesto de Formación)

Para ello el entrenador debe tener dominio de los métodos de entrenamiento. Los entrenamientos tienen que ser auténticas clases por lo que, en su labor diaria, el entrenador deberá preparar los entrenamientos y llevar un guión para que nada se olvide. Viendo entrenar a un equipo se sabe cómo va ese equipo.

Es bastante frecuente caer en la rutina cuando el aprendizaje se reduce a repetir; el entrenador tiene que evitar a toda costa caer en la rutina en los entrenamientos, pues afecta a los jugadores y le afecta a él mismo, perdiendo la motivación, y en el caso de los jugadores muchas veces caen en la indisciplina, que puede ser un mecanismo inconsciente para salir del aburrimiento.

Para evitar la rutina el entrenador debe dedicar tiempo a preparar los entrenamientos e intentar ofrecer a los jugadores en cada entrenamiento algo nuevo que aumente su curiosidad y que incluso pueda utilizarse como refuerzo positivo en algunas conductas que quiera mejorar.

El entrenador debe tener un espíritu creativo: no habrá jugadores si no hay entrenadores creativos. Tratará de crecer con sus jugadores y realizar nuevas experiencias, pero sin caer en la improvisación que puede ser tan mala como la propia rutina.

Los objetivos deben de ser comunes para todos los integrantes del equipo. Estos objetivos deben de ser altos pero alcanzables teniendo muy claro los principales objetivos:

  • Programar en equilibrio los objetivos y su cumplimiento.
  • Fijar objetivos alcanzables por el jugador y el equipo.
  • Ajustar las metas según el progreso de cada jugador y del equipo con independencia de los resultados de la competición.
  • Evaluar con criterios objetivos que sirvan para determinar el cumplimiento de las metas propuestas.
    • Con criterios objetivos.
    • Resaltando los logros.
    • Sacando partido de los fallos transformándolos en valiosas experiencias que permitan reflexionar con el objetivo de mejorar.
  • Preparar adecuadamente al jugador y al equipo para alcanzar las metas planteadas. El entrenador es el principal responsable del rendimiento del equipo.
  • Agravar las dificultades que se presentarán en la competición. Los entrenamientos deben contener ejercicios exigentes alternados con  otros de recuperación activa.
  • Planificar según el calendario de las competiciones.
  • Hacer uso de refuerzos medidos: para conseguir los objetivos se necesita de motivaciones intrínsecas (del propio jugador) y extrínsecas. La motivación tiene un nivel determinado en intensidad y tiempo (Ver en "Apuntes de Baloncesto" el libro: Baloncesto de Formación) El entrenador deberá utilizar refuerzos para motivar al jugador (motivación extrínseca) El mejor método de motivación que tiene el entrenador es la evaluación de las estadísticas de forma objetiva y según los roles asignados.

Función motivadora.

Cada jugador es diferente y se le debe tratar de forma diferente. Los éxitos vendrán dados como consecuencia de hacer rendir al máximo a cada jugador. En este aspecto intervienen dos factores: primero conocer a los jugadores y después activar una filosofía de juego que haga partícipe a todos los jugadores de forma real para que el rendimiento del equipo sea máximo y uniforme en el transcurso de todo el partido. Un jugador no puede rendir al máximo nivel si juega durante períodos largos. Comprendido esto por los jugadores, el entrenador tiene en sus manos un arma formidable para conformar un verdadero equipo, en el que todos sus miembros se pueden sentir útiles. Así, el rendimiento puede ser máximo y el éxito asegurado.

El aprendizaje no se produce sólo por tener la capacidad suficiente para hacerlo, o por tener el método más eficaz, sino también por la motivación. Es decir, que el aprendizaje no es sólo un problema de poder o de saber, sino sobre todo de querer.

Es evidente que la motivación inicial para apuntarse a un equipo escapa a la intención del entrenador; los jóvenes suelen hacerlo por estímulos externos (estrellas deportivas, amigos, colegio, etc.) El problema del aprendizaje es el de la motivación permanente, sobre todo cuando el aprendizaje es complejo como el baloncesto y requiere muchos esfuerzos, entrenamientos, sacrificios y exigencias de todo tipo. Por esto es necesario conocer cuál es la motivación del niño y del adolescente y cuál es el sistema de motivación adecuado.

En general existen correlaciones positivas entre motivación y aprendizaje: a mayor nivel de motivación más éxito en el aprendizaje. Cuando no hay motivación la energía decae, la atención se distrae y los errores aumentan; al aumentar el nivel de motivación dicha situación desaparece. Ahora bien, cuando la motivación es excesiva los efectos en el aprendizaje pueden ser negativos.

Es importante tener esto en cuenta más aún en las etapas de formación en las que el control emocional es muy débil por parte del jugador.

Por supuesto que la motivación puede mantenerse y aumentarse según el método que se emplee en el aprendizaje. En general los métodos que llevan a un proceso constante son más motivantes, aunque si los progresos se presentan demasiado fáciles pueden aburrir al jugador que muchas veces necesita plantearse un reto para activar su motivación. Lo mismo puede decirse del equipo en su conjunto.

El primer contacto con una actividad nueva influye en la actitud del jugador hacia esa actividad durante mucho tiempo, y si éste es muy joven debe procurarle algún placer, pues si no es muy difícil que continúe.

Con relación a las consecuencias del éxito y del fracaso conviene recordar que:

  • A mayor éxito más fuerte será la tendencia a aumentar el nivel de aspiración. “El éxito lleva al éxito”.
  • Si el éxito es demasiado fácil, muchas veces los niveles de aspiración bajan.
  • El éxito inesperado también lleva a aumentar los niveles de aspiración.
  • El fracaso repetido no permite a los individuos ni al equipo evaluar razonadamente sus capacidades.
  • El fracaso permanente produce un descenso en los niveles de aspiración. “Nada aumenta más el fracaso que el propio fracaso”.
  • Un fracaso inesperado también puede hacer bajar el nivel de aspiración.
  • Una mezcla de fracaso y éxito eleva los niveles de aspiración y la necesidad de rendir.

Según diversos estudios las motivaciones para la práctica deportiva son:

  • La motivación de logro o rendimiento.
  • La diversión.
  • La necesidad de afiliación.

Parece que hasta los 11 ó 12 años el niño se interesa primero por el placer que le proporciona el juego y después en el progreso de las propias habilidades. A partir de esta edad y coincidiendo con el comienzo de la adolescencia aparecen otros intereses externos a la propia actividad motivándole más la relación con otros y aumentando también el interés por la competición organizada.

Es importante que todo el sistema motivacional que utilice el entrenador se base en esta evolución. Por otra parte cuando se acentúa la motivación de rendimiento por efecto de las competiciones, el entrenador debe tener en cuenta que el niño no entiende el resultado de la competición del mismo modo que el adulto. Así, antes de la adolescencia el niño relaciona siempre directamente esfuerzo con rendimiento o resultado; y no comprende un mal resultado deportivo si ha habido un gran esfuerzo por su parte, considerándolo por tanto injusto.

La evolución es la siguiente:

  • Alrededor de los 7-8 años los niños no distinguen entre causas y efectos y sólo se preocupan de los resultados, no distinguiendo por lo tanto entre esfuerzo, habilidad y resultado.
  • De los 8 a 10 años percibe la relación entre esfuerzo y resultado, pero cree que esfuerzos semejantes producen resultados semejantes. La habilidad sigue siendo ignorada.
  • De los 10 a 11 años va emergiendo progresivamente la noción de habilidad cuando se produce un éxito con un esfuerzo poco intenso.
  • Alrededor de los 12 ó 13 años aparece una relación cognitiva del resultado y sus causas comparable a la de los adultos.

Es necesario que el entrenador, después del triunfo o del fracaso de un partido, ayude al equipo y a cada jugador en particular a sacar conclusiones propias explicándole las relaciones que existen entre esfuerzo, habilidad y rendimiento, para que la interpretación no sea subjetiva, y según hemos dicho anteriormente casi siempre equivocada.

Muchos jóvenes, orientados por el fracaso más que por el éxito, tienden a atribuir sus fallos a su falta de capacidad, lo que hace que cada vez se impongan metas más bajas para que los fallos se hagan menos frecuentes y acabe abandonando el deporte. Por esto la función de ayuda del entrenador es fundamental.

Normas que facilitan la enseñanza

  • Explicar con claridad. El entrenador debe saber lo que es útil para la evolución de los jugadores. Según la etapa de formación, el entrenador debería formar grupos y situar la dificultad al nivel del jugador más inferior.
  • Usar el método total y de partes. Aplicar los principios del entrenamiento, explicando los movimientos primero de forma global, después desmenuzarlos en partes y luego uniéndolas todas formando un todo.
  • Cuidar los detalles. La imaginación y el trabajo es lo que diferencia a los entrenadores.
  • Poner énfasis en determinados ejercicios o detalles, por ser importantes o porque no son captados por el jugador.
  • Enseñar con el ejemplo y si no es posible, con otro jugador.
  • Hacer uso del principio de progresión de la enseñanza.
  • Corregir lo necesario.
  • No corregir con ironía. Respeto.
  • No interrumpir los ejercicios sin necesidad clara.
  • Adoptar posiciones adecuadas en espacio para explicar o corregir.
  • Entrenar con ejercicios competitivos.
  • Hacer ejercicios amenos, ya que la respuesta que agrada o satisface tiende a ser retenida.
  • Diversificar las prácticas de los elementos técnicos. Está demostrado que el amontonamiento de las tareas por aprender no es económico.
  • Motivar el aprendizaje.
    • Recompensas: escogerlas cuidadosamente, ya que unas motivan más que otras.
    • Castigos: bien administrados son positivos.
  • Conocimiento de la progresión. Es muy importante hacer ver a los jugadores sus progresos. Hacerles comprender el objetivo de los entrenamientos y obtener que pongan ilusión.
  • Trabajar: solo se puede conseguir algo con el trabajo en su doble vertiente: de entrenador y de jugador.

Correcciones

El mejor momento para decir algo a algún jugador es cuando se ve que está receptivo. Si el jugador no está receptivo lo mejor es no provocar una situación que al final va a ser tensa y dura y no se va a sacar nada de positivo en ella.

Durante los entrenamientos, sólo hay que parar a todo el equipo si lo que se vaya a decir es a nivel general. Si es para reforzar positivamente a un jugador se hará para que se entere todo el grupo. De esta manera, el estímulo surtirá más efecto. Si se tiene que llamar la atención se hace en grupo y se corrige personalmente al jugador. No hay que poner a los jugadores en ridículo delante de los demás y si se quiere que el grupo se entere de la actitud negativa de un jugador se hará en el momento en el que pueda ser útil, que pueda servir para corregirle y motivarle, no para hundirle y dejarle en ridículo.

El conocimiento de los fallos obliga al entrenador a conocer sus causas:

  • Fallos de coordinación
  • Aplicación de la fuerza arrítmicamente.
  • Idea equivocada.
  • Limitación en alguna cualidad física.
  • Poco entrenamiento.
  • Influencias exteriores (instalación, frío, etc.)

El jugador debe conocer el objetivo y el fin que se persigue ya que entonces aprenderá más rápidamente. Deberán darse las razones en que se fundamentan los procedimientos y las pruebas de su eficacia. Con ello se da a los jugadores confianza en lo que están haciendo.

  • Enseñar con el ejemplo.
  • Explicar con claridad.
  • No hacer largas explicaciones.
  • Corregir lo necesario.
  • No interrumpir los ejercicios continuamente.
  • No mantener inactivos a los jugadores mucho tiempo.
  • Colocación del entrenador en sitio adecuado para dominar la situación