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DINAMICA Y COHESION

 

 

Dinámica y Cohesión de Grupo

 

Un equipo de baloncesto es un grupo organizado, regido por unas normas, cuyo comportamiento se ven influido por relaciones internas y externas.

Para abordar esta sociedad en pequeño que constituye el equipo, conviene tener conocimientos sobre dinámica de grupos restringidos, en los que todos sus componentes se conocen y pueden establecer algún tipo de relación personal. El entrenador debe detectar esas relaciones internas y analizarlas, y de igual modo las externa: las establecidas entre el equipo y su entorno.

Cada jugador es diferente, y sus relaciones interpersonales dentro del equipo responderán a una dinámica de atracción, de rechazo o incluso de conflicto, por lo que es imprescindible conocer el comportamiento afectivo y los factores que favorecen o dificultan la cohesión.

Por ejemplo, acciones que serían irrelevantes significativamente desde un punto de vista individual, pueden adquirir importancia por pertenecer a un determinado equipo o club. Por lo tanto, el equipo también influye por medio de los estereotipos que genera, tanto externos (estética, forma de vestir...) como internos (ideas, juicios de valor...). La influencia que el grupo genera sobre sus miembros les hace adoptar normas de conducta válidas, únicamente a veces, para ese grupo (ademanes, forma de expresión, actitudes...)

 

Los factores que facilitan la conversión del equipo en un auténtico grupo son:

 

La interacción, basada en unos principios o normas que no están escritas, sino que son producto de la aprobación tácita de los integrantes, bien por su instinto gregario, bien por la necesidad de seguridad frente al exterior.

Si esta interacción obedece a una dinámica de atracción, se produce la cooperación o acción conjunta para alcanzar un objetivo, y esta participación activa de todos los miembros permite el paso del “yo” al “nosotros”. Si la interacción obedece a una dinámica de rechazo, en algunos casos habrá que buscar la tolerancia para permitir que el trabajo pueda realizarse aunque la armonía no sea total, gracias a la aceptación del “derecho a la diferencia” del otro, y hacer un gran esfuerzo por encontrar e incrementar las motivaciones y la satisfacción para evitar las tensiones a las que, en caso de producirse, se aplicarán sanciones disciplinarias.

Si la interacción genera conflictos (oposición de dos o más personas con la intención de perjudicarse), el concepto del equipo como grupo se verá imposibilitado y, en consecuencia, el rendimiento del mismo obstruido, ya que uno o varios jugadores prefieren que otro u otros no alcancen un objetivo incluso a costa de que ellos tampoco lo alcancen.

 

La cohesión, que permite que existan una serie de fines, emociones y sentimientos colectivos comunes que facilitan la estabilidad del grupo. Para lograrla, se propone las siguientes acciones:

  • Desarrollar el sentido de comunicación entre los miembros (entre jugadores, entre técnicos y jugadores y entre los técnicos entre sí), para aumentar y mejorar el respeto y la confianza, y de la que surgirán lazos afectivos.
  • Incentivar la participación espontánea y creativa, determinando con claridad la función que va a desempeñar cada uno dentro del equipo, teniendo en cuenta el intercambio de las mismas y la motivación y expectación que generan, pues si hay aceptación de los roles o funciones, la ejecución de los mismos se verá mejorada.
  • Consensuar las decisiones dentro del grupo democráticamente,especialmente el establecimiento de unas normas de conducta y de disciplina, pero también autocráticamente, especialmente en lo que respecta al establecimiento de objetivos claros y accesibles, tanto individuales como sobre todo colectivos.
  • Concienciar de que el rendimiento final del equipo se deberá a la acumulación participativa del esfuerzo de todos y cada uno, resaltando continuamente la importancia de todas las funciones en el logro del éxito.
  • Favorecer un ambiente alegre de responsabilidad sin tensiones, donde prevalezca el refuerzo de las conductas positivas y meritorias, y una previsiónoptimista.
  • Aprovechar las dificultades y ataques externos para incrementar la propia identidad y conformar un grupo auténticamente especial.

Por el contrario, debemos evitar a toda costa la aparición de tendencias exhibicionistas o egocéntricas, la desconfianza en el entrenador o entre los propios jugadores que se sienten víctimas de las ambiciones de otro ya sea por trato desigual, por diferencias retributivas, etc., y que derivarán en la aparición de camarillas o grupúsculos, y, finalmente, luchar contra la desmoralización y el derrotismo por la influencia de la competición, del entorno social o de los medios de comunicación.

 

El inconsciente colectivo, que tiene que ver con el equilibrio interno del equipo por un lado, y con las relaciones del mismo con su entorno, pero que de alguna forma, se ha ido sedimentando a lo largo de la historia del equipo y del club al que pertenece. Si estos equilibrios se rompen se producen crisis que son inevitables y, en consecuencia, hay que tratar de superarlas para establecer un nuevo equilibrio, porque en caso de lograrlo, el equipo se ve fortalecido como grupo.

Para conocer estos factores y determinar la calidad de la red afectiva en que se mueven los miembros del equipo se utilizan normalmente dos técnicas:

  • La observación directa, registrando las conductas dentro del equipo, es decir, cuando se producen en su marco natural. Su principal dificultad es que requiere experiencia para apreciar la gran cantidad de circunstancias que a veces confluyen y para determinar la importancia de las mismas.
  • La técnica sociométrica, cuyos test y entrevistas nos permiten confeccionar el mapa de relaciones interpersonales y las estructuras de asociación del equipo, cuáles son sus recursos y sus problemas, cuál es la verdadera función de cada uno al margen de su cometido oficial, qué tensiones hay dentro del grupo, quién o quiénes son los líderes, cuál es la aceptación o rechazo del entrenador, qué presiones externas padece el equipo como tal, etc.

Sin embargo, conviene tener en cuenta la artificialidad de estas técnicas, ya que son pruebas fuera del contexto e incluso las entrevistas concertadas al efecto es conveniente que se realicen individualmente para no correr el riesgo de obtener datos falseados. Por tanto, nos ofrecen una visión estática de la dinámica del equipo y somos nosotros entrenadores quienes debemos deducir las razones y los motivos de la estructura obtenida.

De cualquier forma, estas técnicas son útiles cuando se trabaja con equipos de formación en los que el entrenador asume con más facilidad el papel de líder, constituyendo un símbolo de madurez y un modelo a seguir.  Sin embargo, conforme la edad de los jugadores avanza, es conveniente disponer de los servicios de un profesional experto, de un psicólogo, que analice a la totalidad del grupo, incluyendo evidentemente al entrenador, cuya función dentro del equipo sigue siendo muy importante, pero cada vez más compleja, debido a las condiciones estresantes de la competición.

Además de seguir los procedimientos metodológicos para obtener los objetivos propuestos y de racionalizar las tareas específicas de los miembros del equipo, también es necesario resolver el problema de la integración, de forma que jugadores, técnicos e incluso directivos conozcan y compartan los objetivos que se pretenden para armonizar en esa dirección sus comportamientos. Así, aunque es inevitable que entre los miembros de un equipo se produzcan situaciones de competitividad, los objetivos personales siempre estarán subordinados a los objetivos unificadores del equipo, para que su supervivencia no peligre.

El logro del objetivo, es decir, el logro de un nivel específico de dominio de una determinada conducta en un tiempo concreto establecido, es lo que justifica en gran medida la existencia del equipo.

Hay objetivos generales o metas a largo plazo que sirven como guía para el establecimiento de los objetivos específicos a corto plazo. Constituyen sucesivas etapas interrelacionadas que, una vez alcanzadas, nos acercan cada vez más a la meta; pero, si no se alcanzan, son susceptibles de revisión y nueva formulación correctora.

Estos objetivos específicos conviene formularlos, por tanto, como conductas medibles. Así, formularemos objetivos específicos del tipo:

  • Aumentar el número de asistencias.
  • Aumentar la detente.
  • Perder x kilos de peso.
  • Mejorar el % de tiros libres

Marcando el tiempo en que debe hacerse:

  • Al final de la temporada
  • En cuatro semanas.
  • Al final de cada entreno.

De esta forma, los objetivos constituyen un permanente feedback evaluador (realimentación) que hace que la atención del jugador recaiga en gran parte en la propia actuación y no exclusivamente en la comparación con los compañeros, al tiempo que hace posible la comprensión y el apoyo ambiental (compañeros, familia...)

La condición indispensable para la formulación de éstos objetivos es que entrañen la dificultad suficiente para que supongan un reto, pero sin exceder la capacidad del jugador o del equipo. Del mismo modo, es preferible atender a dos o tres de estos objetivos simultáneamente, e ir incorporando otros nuevos tras su logro. Es preferible poco y bien que mucho y mal.

Planteados de esta forma, los objetivos nos permitirán:

  • Orientar la acción y la atención del jugador a los aspectos importantes de la tarea.
  • Aumentar la dedicación y el esfuerzo del jugador para su logro y, percibido éste, mejorar su motivación.
  • Prolongar e incrementar la persistencia de su esfuerzo.
  • Ayudar a que el jugador se forme expectativas realistas, que aumenten la autoestima y confianza en sí mismo y le motiven para la puesta en práctica o ejecución.

En caso contrario, llevaremos al jugador a un estado de frustración y desaliento que constituirá un callejón sin salida.

También hay que tener en cuenta la exigencia más o menos latente de mantener una identidad y una imagen de prestigio social que incardine al equipo en su entorno y facilite la aparición de un sentimiento de orgullo por pertenecer a él.

 

El liderazgo, es un proceso de influencia interpersonal en el que uno o más miembros ejercen un dominio natural en las decisiones y respuestas de los demás.

Conviene advertir aquí los matices semánticos que diferencian al jefe del líder, pues a veces no coinciden ambos conceptos en la misma persona.

El jefe es una jerarquía artificial, un estatus que se ejerce porque así viene exigido por la organización correspondiente, mientras que el líder lo es de forma natural, por el consenso espontáneo del resto que acepta el dominio de su personalidad, porque se identifica con ella y se siente representado. He ahí la importancia que para la dirección de un equipo tiene el que estos dos conceptos coincidan en la misma persona: el entrenador.

No obstante, existen diferentes tipos de liderazgo y pueden darse liderazgos simultáneos en el mismo grupo, por lo que conviene conocerlos para distribuir las funciones o roles dentro de la dirección del equipo, designar al capitán del mismo, etc.

Los tipos de liderazgo más frecuentes entre los jugadores son:

  • El líder racional o funcional.
  • El líder socio-emocional.

En el liderazgo racional o funcional, no existe o no debería existir un único jugador que posea respuesta para todas y cada una de las situaciones tan distintas por la que atraviesa el equipo. Según sean las exigencias de la situación, será uno u otro jugador el que asuma la responsabilidad que le demanda el grupo por considerarlo el más capacitado para su resolución.

El liderazgo socio-emocional, basado en la afectividad de las relaciones interpersonales, favorece la cohesión del equipo, manteniendo su estabilidad al permitir resistir o superar las situaciones frustrantes que aparezcan.

Los dos estilos de liderazgo son necesarios para un equipo; el funcional, orientado hacia la tarea, resulta óptimo en casos de emergencia que requieren una rápida decisión que coordine y aglutine las acciones individuales; el afectivo cuya eficacia se manifiesta a largo plazo y permite, sin traumas, la alternancia del protagonismo, cuando las facultades y competencias de los jugadores son similares, activando sus motivaciones y, en definitiva, haciendo agradable la experiencia de pertenecer al equipo.

 

 

El entrenador como dirigente del grupo

La mayoría de las veces, el entrenador es designado o elegido por los directivos del club y, en consecuencia, “impuesto” al equipo por lo que su situación de partida está más próxima a la de jefe que a la de líder. Es conveniente, pues, desde el principio, dedicar un esfuerzo para hacer reversible esta situación.

Este esfuerzo debe abarcar los siguientes aspectos:

  • Prestancia física pulcra y apropiada.
  • Precisión y claridad en sus informaciones.
  • Coherencia entre lo que dice y lo que hace.
  • Competencia y oportunidad en la aplicación de sus conocimientos.
  • Interés por el conocimiento individual de todos los jugadores.
  • Decisión y ecuanimidad en el mantenimiento de la disciplina y el respeto.
  • Estabilidad y control emocional.
  • Búsqueda continua de motivaciones y aplicación de reforzadores positivos.
  • Objetividad en la evaluación y re-alimentación (feedback)
  • Ilusión en su tarea y en todo lo que afecta al equipo.
  • Oferta permanente de paciencia dinámica, optimismo, cariño, comprensión y amistad.

Satisfechos estos aspectos, el entrenador se convertirá en un auténtico líder, en quien todos los Jugadores depositarán su confianza y credibilidad.
 
En definitiva, al entrenador se le presenta una doble tarea: la de ayudar a cada jugador a desarrollar su talento al límite de sus capacidades y la de tratar de lograr un equipo campeón. Para ello, debe desarrollar una filosofía personal que considere los aspectos más relevantes del baloncesto y aglutine en una síntesis todos aquellos recursos que le permita guiar y desarrollar a los jugadores a lo largo de los años más críticos de su desarrollo físico, mental y emocional.

Esto no se consigue sino a lo largo de años de experiencia, pero puede acelerarse con la voluntad de dedicar el tiempo y el esfuerzo necesarios para el conocimiento de los jugadores individualmente y como grupo, y la planificación de los contenidos, metodología, motivaciones y estrategias más apropiadas para esa realidad analizada.

No es necesario ni conveniente que el entrenador trate a todos lo jugadores exactamente igual, pues son distintos en los aspectos físicos, técnicos y de personalidad. Tampoco los jugadores muestran el mismo grado de dependencia de su entrenador: los más dependientes serán los más marcados por el proceder o expectativa del entrenador con respecto a ellos.

En efecto, la expectativa inicial que se forma el entrenador con respecto a sus jugadores puede determinar el mayor o menor progreso de los mismos. Inconscientemente (y a veces no tan inconscientemente), el entrenador tiende a dedicar más tiempo a establecer un mayor numero de comunicaciones y de contactos, a ofrecer más realimentación o feedback y mayores refuerzos a aquellos jugadores que, en su opinión, tienen mayor expectativa de rendimiento.

Así, por ejemplo, ante un fallo cometido por un jugador sobre el que están depositadas altas expectativas, se suele reaccionar opinando que es debido a una inadecuada percepción o a la falta de dominio de una ejecución técnica y, en consecuencia, se le informa y/o se le corrige, es decir, se le proporciona un feedback eficaz, que le sirve de acicate y aumenta su motivación; mientras que el mismo fallo cometido por un jugador con una expectativa de rendimiento mediocre se considera normal y refuerza la expectativa que el entrenador se ha formado de él.

Del mismo modo, ante un mismo acierto de ambos jugadores, generalmente al primero se le elogia (refuerzo positivo) y además, se eleva su techo competencial, haciéndole ver que puede hacerlo todavía mejor y cómo hacerlo, lo que constituye un acicate para su motivación; mientras que al segundo probablemente también se le elogia, pero con frecuencia evidenciando que ha sido la excepción que confirma la regla.

De todo lo dicho se deduce la importancia decisiva que tiene para el entrenador y su función la opinión de partida que se forja de sus jugadores. Esta, por tanto, no pueda basarse en una información incompleta o sesgada, sino que ha de ser tan exhaustiva y objetiva como sea posible:

  • Recabando información de los entrenadores precedentes.
  • Estudiando y analizando el rendimiento en las campañas anteriores.
  • Revisando con atención el informe médico.
  • Apreciando sus motivaciones y su perfil psicológico.
  • Constatando su nivel físico y técnico mediante test.
  • Estableciendo un sistema periódico de evaluación objetiva de su rendimiento y progreso que nos permita revisar continuamente las expectativas forjadas en torno a cada jugador.

De cualquier forma, debemos creer firmemente, en especial en las etapas de formación, que todos los jugadores son susceptibles de mejorar y, en consecuencia, darles las opciones y los medios para demostrarlo, bien sea ayudando a lograr los objetivos propuestos a base de dedicar un tiempo extra a los menos eficientes, o bien clarificándoles el porqué de su pertenencia al equipo y siendo consecuentes con ello en los entrenamientos y en los partidos.

Todos los entrenadores han aplicado el método de probar y errar para ir asegurando los medios más efectivos para orientar a sus jugadores.

No creemos que exista el entrenador “ideal”, si para evaluadlo nos basamos exclusivamente en criterios como el del éxito en la competición, porque ese éxito depende de circunstancias tan dispares como la técnica, el talento, el carácter del equipo y a veces tan sólo de la suerte. Por eso, no debemos cifrar nuestra meta en lograr un campeonato cada temporada, especialmente si nuestro equipo es de formación, sino en disfrutar de los éxitos y analizar los fracasos, tratando de encontrar dónde está nuestro fallo en primer lugar, a pesar de la dificultad de ser objetivo con uno mismo, para reorientar la mejora permanente de nuestros jugadores, evitando caer en el error de inculpar exclusivamente a los mismos o a las circunstancias como, por desgracia, resulta tan frecuente.

Mediante la información permanente, el estudio y el análisis de nuevos métodos y la observación atenta y crítica, ampliaremos la capacidad técnica y perfilaremos nuestra filosofía, consolidando nuestro comportamiento pedagógico y psicológico.

Prestando atención a las reacciones de los jugadores ante el trabajo de los entrenamientos, evaluándolo y comparándolo en los éxitos o en los fracasos de la competición, encontraremos las fuentes de motivación y los estímulos para dotar a nuestros equipos del carácter y la cohesión imprescindibles para aumentar su rendimiento deportivo.

Un equipo que se construye en función del talento de un par de jugadores exclusivamente, y al que no se le conduce a través de un proceso de aprendizaje coordinado y coherente en las sucesivas etapas, está muy condicionado en su futuro mientras que un equipo cohesionado, homogéneo, que trabaja con constancia y tesón para superar los objetivos propuestos en las sucesivas etapas y las metas trazadas, puede no estar en la cima continuamente, pero a la larga obtendrá el éxito.

 

 

La comunicación

La comunicación, junto con la motivación, es el principal factor que influye en el aprendizaje. En el baloncesto y en el deporte en general la habilidad para una comunicación efectiva entre el entrenador y los jugadores, entre éstos y el entrenador y entre ellos mismos es imprescindible.

A veces, cuando la comunicación no es eficaz, no indica exclusivamente falta de inteligencia o de interés, sino falta de destreza en el arte de la comunicación; es decir, que se carece de respeto y de confianza recíproca entre el entrenador y los jugadores, o de éstos entre sí.

El entrenador debe crear una atmósfera en el equipo que proporcione al jugador la sensación de libertad para expresar sus ideas. Toda comunicación es una calle de “doble vía”; si es dictatorial y autoritaria, dificulta la armonía del equipo, ya que el total sometimiento a la voluntad del entrenador suele dar como resultado jugadores incompletos, tristes y deficientes en iniciativa y liderazgo.

Para establecer esa doble vía de ida y vuelta es conveniente que el entrenador comparta determinadas vivencias y proporcione algunos datos a sus jugadores, que les permitan comprenderlo y conocerlo desde un punto de vista humano, así como su filosofía y su método de trabajo.

 

 

La comunicación como fundamento en el entrenamiento y en la competición.

Cada comportamiento motor del jugador de baloncesto, cada acción  técnica que realiza en un partido tiene una intención y, por lo tanto, un significado que está determinado por el contexto, al que a su vez modifica, cobrando un nuevo sentido que cada participante, compañero o contrario,  debe interpretar para adecuar sus acciones y desplazamientos en función del nuevo patrón motriz técnico-táctico expresado por el jugador.

En consecuencia, la existencia de estas conductas socio-motoras hace necesaria la elaboración y adopción de un código propio de signos y señales que faciliten la comunicación de nuestras intenciones a los compañeros (comunicación), o que perciban las intenciones de los adversarios (contra-comunicación)

En un principio, los jugadores deben utilizar el lenguaje verbal para comunicarse, especialmente en defensa dónde, además de la función comunicativa en sí, cumple otras funciones tan importantes como el mantenimiento de la atención, el estímulo de la tensión y de la colaboración, y un efecto intimidatorio. Voces continuas del tipo “brazos”, “posición”, “defensa”, “tensión”, etc., emitidas con persistencia y convicción, contribuyen al logro de tales efectos. Asimismo, son útiles para la prevención y alerta los avisos de cortes, bloqueos y tiros de los contrarios; contribuyen a dar seguridad y a evitar la descoordinación los avisos de recuperación del balón en el rebote (“mío”), de intercepción (“balón”), o de fijación del adversario en posesión del balón (“botó”) para que los compañeros presionen la línea de pase a su par, incluso la asignación de adversario o la distribución en el balance defensivo de un contraataque adverso; también en la solicitud de ayuda defensiva o de cambio en el marcaje, etc.

Sin embargo, poco a poco es conveniente disponer de un código gestual, porque es el idóneo cuando se está en una cancha de juego al ser más difícil de percibir e interpretar por los contrarios. Son los códigos gestemas.

Ejemplos de estos gestemas pueden ser:

  • Señal para un cambio de defensa establecido.
  • Gesto para decidir un tipo de saque de banda determinado, o para iniciar una jugada concreta o un sistema de ataque estático o posicional.
  • Brazo y mano para indicar el momento y dirección en que se quiere recibir el balón.
  • Aguantando al contrario, marcar un puño para interpretar una puerta atrás.
  • Etc.

Además, el baloncesto se basa en la interacción entre las posiciones de los compañeros y de los contrarios con respecto a las canastas y a la propia función del jugador, o papel fundamental que le toca asumir en el juego. Por tanto, los elementos fundamentalmente relevantes para la comunicación praxémica y en orden de importancia son:

  • El balón.
  • El jugador que ha pasado el balón.
  • Las cestas.
  • Los adversarios.
  • Los compañeros.

Una temprana comprensión de la importancia del control y la percepción de estas interacciones intencionadas o praxemas es muy conveniente, por lo que deben incorporarse paulatinamente al entrenamiento enseñando a los jugadores a percibir y generar estos praxemas, a descifrarlos y a seleccionar las respuestas de acuerdo a su ventaja o peligrosidad.

A modo de ejemplo de estos praxemas, podemos señalar:

  • Pase y cambio de ritmo y de dirección indicando la devolución del balón ("pase y va")
  • Diferentes situaciones de juego ofensivo según la dirección del balón y del desplazamiento del pasador.
  • Cada vez que llevamos al jugador base contrario a una esquina para efectuar un “dos contra uno” (trap)
  • Cada vez que el balón va de mi defendido hacia un Pivot interior, para ayudar la defensa de mi compañero. 
  • Las estrategias de defensas alternativas o cambiantes.
  • Etc.

En resumen, tras la mejora general de la motricidad y al tiempo que se van dominando los fundamentos propios del baloncesto, hay que esforzarse para que nuestros jugadores comprendan y dominen el espacio sociomotor. Es decir, se debe proceder a la progresiva adaptación de las habilidades motrices básicas en condiciones de espacio y tiempo similares a las de la competición, percibiéndolas y comprendiendo su significado, pues no debemos olvidar que en el baloncesto predominan las conductas de decisión sobre las de ejecución.

El espacio en el baloncesto es tridimensional (longitud, anchura y altura) y viene marcado por el reglamento. Aunque parece fijo e inamovible, basta la introducción de un elemento, el balón, para que el espacio sea diferente con respecto al equipo que está en posesión del mismo del que no lo tiene. Además, con respecto a la situación del balón, las acciones de los jugadores modifican el espacio al acercarse o alejarse de él; es decir, se crean nuevos espacios y se anulan otros.

Los siguientes elementos cobran distinto significado y valor, según sea el papel o la función que adquiera el jugador en una situación concreta del juego:

  • Líneas de demarcación y áreas restringidas.
  • Distancia con respecto al balón, a las cestas, a los compañeros y a los contrarios.
  • Trayectorias de los mismos.
  • Espacios libres u ocupados.
  • Velocidad del balón, de los compañeros y de los contrarios.
  • Aceleraciones y desaceleraciones.

Básicamente, son tres las funciones que el jugador puede desempeñar:

  • Jugar en posesión del balón.
  • Jugar sin balón, con el equipo en posesión de él.
  • Jugar en defensa, con el equipo sin posesión del balón

En la primera, cobra importancia la percepción de agrupaciones (sobrecarga) y dispersiones (división) de jugadores; de los espacios libres y ocupados; de las trayectorias y orientaciones de los compañeros y adversarios, como los desmarques o cortes de los compañeros hacia posiciones eficaces y en distancia de pase, las ayudas de los compañeros creando nuevos espacios mediante aclarados o bloqueos; de la distancia y ritmo necesarios para llegar antes y obtener una posición eficaz; etc. Todas ellas imprescindibles para desarrollar la capacidad de decisión ejecutivo-motriz.

En la segunda, se debe percibir la trayectoria del balón, la de los adversarios, el ritmo de ambos, el espacio que se ocupa y la distancia con respecto al balón y la canasta, etc. para decidir desocupar el espacio ocupado (aclarar), ocupar un espacio libre (corte, finta de desmarque, ganar la posición, o crear un espacio (bloqueo, reemplazo o balance)

En la tercera, es, si cabe, donde el campo visual y la percepción de distancias, espacios y acciones simultáneas adquieren la importancia más definitiva y, en consecuencia, la atención y la concentración han de ser llevadas al límite. Por eso la comunicación verbal es muy útil ya que permite alertarse, pues hay situaciones en que no se puede ver simultáneamente el balón, la canasta y a todos los adversarios, y se reacciona mucho más rápidamente a las señales auditivas que a las gestuales. En general, son importantes todos los recursos que permitan contrarrestar la iniciativa que, en buena lógica, corresponde al equipo en posesión del balón.

Por todo lo dicho, es muy conveniente dedicar un tiempo extra al visionado de partidos propios y ajenos, mediante reproducciones de video para mostrar y guiar la percepción de todas estas señales significativas, mediante la selección o la capacidad de analizar varias acciones simultáneas y decidirse por la más conveniente en nuestra situación; la adaptación o capacidad de alternar la atención entre acciones sucesivas, (balance defensivo u ofensivo) y la concentración que evita la dispersión y mantiene una tensión constante para llegar a la anticipación.

Procediendo de este modo, llegará el momento en que nuestros jugadores comprenden el porqué de las estrategias o sistemas y se identifican con ellos, tanto en defensa (que no es otra cosa que una ordenada ocupación de los espacios: tipos de zonas, individual, flotación, combinada..., de acuerdo a las características individuales y colectivas del equipo rival y de nuestro propio equipo), como en ataque (que consiste en la utilización de los espacios con arreglo a las situaciones previsibles más frecuentes y que más dificultades puedan crear al adversario)

Llegados a este nivel de comprensión y percepción, dispondremos de   jugadores   creativos,   con    un elevado índice de iniciativa propiciado por la comprensión y coordinación de sus  acciones simultáneas y alternativas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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